miércoles, 1 de octubre de 2014

HUMBERTO DIB


De Angra dos Reis, RJ, Brasil. 
  
SEGUNDO TIEMPO

Después de veinte años, por casualidad me encontré con Alejandra en una calle del centro. Fue un momento extraño, ninguno de los dos decía nada, pero ambos queríamos tender un puente con el cual pudiésemos atravesar rápido esa fosa que el tiempo colma de alimañas. Sin mucho acierto, farfullamos algunas palabras que apenas sirvieron para poner más en evidencia nuestra incomodidad. Para salir rápido del ridículo, la invité a tomar un café y charlar un rato. Qué más da, pensé, esa tarde no tenía mucho que hacer.

Ella hablaba y yo la miraba sin prestar demasiada atención a lo que me decía, la observaba absorto mientras mi cabeza trabajaba a una velocidad superior a la habitual. El problema era que esta Alejandra se había convertido en una caricatura de aquella chica que había estado conmigo hacía dos décadas. Sus rasgos eran los mismos, pero estaban exagerados, desvirtuados por la caja de resonancia de los años. Recuerdo que me dijo que todavía seguía viviendo en el mismo barrio, que se había casado, que tenía un hijo y que ese hijo era hermoso e iba a sexto grado y… Entonces sacó una foto de su carterita marrón y me la alcanzó. La miré simulando interés y se la devolví enseguida junto a una sonrisa fayuta. Alejandra comenzó a recorrerla con el dedo índice a la vez que me contaba que en muchas ocasiones había pensado en mí y que había querido verme, pero que no había tenido forma de encontrarme. Me confesó que no estaba bien con su marido, que iban a separarse y que cientos de veces se había preguntado qué habría sido de nosotros si nuestra relación hubiera prosperado. Ahí me lo largó:
-¿Cómo crees que sería volver a casa... a nuestra casa, si ahora viviéramos juntos?
Le aseguré que no tenía la menor idea y, levantándome, le dije que debía irme sin falta. Dejé un billete de $20 sobre la mesa, y en una servilleta de papel manchada con café le dibujé cualquier número de teléfono.
¡Llamame, eh!- la animé.

Humberto Dib


2 comentarios:

  1. Y dejó la chica hablando sola... que cobarde!!!

    Gosto muito de ler Humberto Dib.

    Un saludo!

    Flor

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  2. Gracias Flor por tu comentario, ya fue notificado Humberto para que te lea, un abrazo

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