lunes, 1 de julio de 2013

JAVIER VILLEGAS FERNÁNDEZ

          

                                           
De Lambayeque, Perú

MONÓLOGO DEL CABALLO

Soy un sueño perseguido,
animal tres veces más fuerte que el trueno.
Desde pequeño aprendí
a medir el pespunte de mis pasos,
a reconocer mi olfato,
las agua peligrosas,
a recordar el tronar de mis herrajes,
el brío y orgullo de mi raza,
que congeniaba con el viento,
con el pasto y los amaneceres.

Troto y con sus trampas quieren capturarme,
tiran lazos, frases dulcísimas
hacen crecer en mi sendero,
como si fuese un pasto apetecible.
Para mí inventaron la oscuridad
y los malos augurios,
quieren modelar mi marcha a su antojo,
pasarme la mano por el lomo,
darme azúcar en la mano,
peinarme la crin y luego hacerme pasar,
como un caballo ejemplar,
con buenos dotes para la inseminación
y el engrandecimiento de su ego.

Galopo…, los límites de la paciencia
están ardiendo, para no perderme
he antologado la dirección de los caminos,
la fuerza de los vientos, todas las corrientes,
la incandescencia antigua del entendimiento.
Se que no es posible detenerse
a dar un relincho, a comer los follajes
que crecieron irrigados por las lágrimas,
eso es subversivo, si no están las armas,
están las alambradas, circundando el sufrimiento.

Huyo a las campiñas,
donde las torcazas traen las mañanas,
el rocío orla a los sueños para que no mueran
y la lluvia es una alegre y húmeda
canción del infinito.
Huyo de las ciudades,
de los tumultos sin sentido,
con alma de picaflor voy viajando,
por los valles, por la geografía de cada pensamiento.
Alguien toma la medida exacta de mis cascos,
presta atención a mis bufidos, a mis relinchos,
porque temen al fuego libertario,
que me sale por la boca, a la alegría
que me salpica por el lomo,
alguien teme el retorno de nuestro entendimiento.

Nada es posible contra mí,
esquivo las maldiciones que vienen como rocas,
olfateo y señalo la exacta ubicación del enemigo,
violentos sus secretos,
sus falso testimonios de la vida y de la muerte;
la luna y el sol responden a mi grito,
a mi silencio capcioso y voluntario.
Con mi paso solivianto al tiempo,
agilizo las horas, adelgazo el sufrimiento,
porque siento que las auroras,
me inducen a ser un animal auténtico,
testigo fiel de los abrazos,
de la solidaridad que va creciendo en los bostezos,
en mi pecho, en mi sangre
y en camino azul en que te pienso.

 Del libro: "Apología del hombre"


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