sábado, 1 de marzo de 2014

JOSÉ LUIS MUÑOZ



De Salamanca, España

MUERTE POR MUERTE

Bicho Ediciones, 2011

Había que remontarse a cuatro años atrás. La terraza del bar Aloa, una tarde de verano, uno de esos locales que no se sabía bien quién lo regentaba, que pasaba de unas manos a otras, siempre extranjeros, franceses o alemanes, que mantenían, eso sí, el mismo servicio, los mismos toldos, las mismas mesas de madera pintadas de blanco y las sillas de tijera. Estábamos sentados en la cafetería, junto al puerto, y yo tomaba té, porque me quitaba más la sed que la cerveza, y Berta, mi Bertita, un singapore sling, bebida a la que se había aficionado desde que realizáramos aquel periplo por Extremo Oriente y la llevé a merendar a los jardines del Raffles Hotel de Singapur, siguiendo el trazado literario de William Somerset Maugham, un escritor que reivindicaba incansablemente con escasa fortuna: ningún editor se tomaba la molestia de publicarlo de nuevo, como ocurría con Erskine Cadwell, quien mejor había retratado el sur americano junto a William Faulkner, aunque el segundo se había llevado todos los honores. La posteridad es así de caprichosa y uno nunca llega a predecir quién será merecedor de ella y quién no.
Era una tarde aburrida de junio, que invitaba a la pereza. El sol pegaba fuerte en la playa de Talamanca vislumbrada a lo lejos, bailando tras una espesa calima, que la difuminaba, con los parasoles de colores abiertos en las dunas, bajo los que se parapetaban los bañistas quemados, con los cuerpos oliendo a coco y a sal, un muestrario de desnudeces enrojecidas que resultaba todo menos estimulante. Hacía
tiempo que los desnudos seriados de las turistas habían dejado de excitarme, que no merecían ni siquiera una mirada oblicua y disimulada. Berta tenía la piel pálida, de mármol; detestaba el sol porque le brotaban pecas, y se escondía de él como se escondía del mundo, del mismo modo que escondía sus ojos tras unas gafas negras. Era delicada y tímida, nuncahubiera dado el primer paso en nuestra relación; por eso me
gustaba, por ello la elegí. Y porque era mi alumna más aventajada.
—No te muevas bruscamente, Eduardo. Mira detrás de ti.
Bertita me lo dijo muy bajo, como si temiera ser oída. Y yo la miré a la cara, buscando una explicación a su cautela.
—Detrás de ti. ¿No lo oyes?—siguió susurrando.
Giré suavemente en mi asiento, me parapeté tras el diario y dirigí la vista hacia donde mi esposa indicaba. Entonces los vi a ellos, a la pareja. Formaban un extraño conjunto, como si no casaran, como el agua y el aceite; una pareja de novios, o quizá un matrimonio en luna de miel, aunque ya parecían tan hartos el uno del otro como si llevaran una eternidad juntos, se lo hubieran dicho todo y estuvieran en la época de los agravios previos al divorcio. Agua fría sobre aceite caliente, en ebullición: podía explotar. No había equilibrio entre ellos, ni siquiera físico, por lo que me resultaba imposible imaginar cómo se habían conocido, cuándo y dónde. Ella era dulce, agraciada, excesivamente femenina y redonda, no muy alta, una mujer frutal y sana; y él, por el contrario, era agresivo, nervioso, fibroso, un tipo carcelario al que podía intuir tatuajes obscenos en diversas partes del cuerpo sin margen de error. No era un hombre fuerte, aunque estaba lo suficientemente musculado en gimnasios, pero bastaba echarle una mirada encima, observarle cómo actuaba, para darse cuenta de que era extremadamente violento porque debía de haberse criado entre violentos en una zona en donde la violencia era la ley. Iba en traje de baño, un calzón azul, y lucía una enorme camiseta sin mangas, descolorida, en la que destacaba una especie de signo cabalístico, y llevaba también un aro metálico en la oreja —detesto a los hombres que adoptan ese ornamento de piratas, que se perforan lóbulos, luego labios, después ombligos, y hasta el pene, por capricho estético: soy acérrimo opositor de esa clase de gente, y mis alumnos lo saben en lo muy bajos que califico sus trabajos—pero lo que más inquietaba de su aspecto de rufián era una profunda cicatriz que le cruzaba la mejilla. Cómo y cuándo se había hecho esa muesca en la piel podría ser el argumento de una buena novela si algún año me decidía a escribirla. Una novela negra, por supuesto.
Aquel tipo no tenía su mejor día, aunque costaba imaginar un día bueno con semejante catadura y aspecto. Ella abrió una bolsa de compra de unos almacenes y extrajo una blusa que exhibió con la más dulce de las sonrisas, pero su pareja se la arrancó de las manos y la arrojó al suelo con violencia al mismo tiempo que gritaba algo ininteligible en inglés, seguramente un insulto soez. Empezó a trabajar mi imaginación. ¿Un hooligan de vacaciones que echaba en falta las broncas tras los partidos de fútbol, las peleas a botellazos, con los puños metálicos o los cuchillos? Y ella una infeliz chica seducida, o atemorizada, por el exceso de testosterona de su novio o marido, incapaz de negarle el más sórdido capricho, renuente al no. Un tipo así no debía de hacer el amor, más bien debía violar, introducir ese elemento de violencia en el placer sexual.
Me fascinaba observar a las parejas distintas, a los muy altos casados con las muy bajas, con lo complicado que debe de ser la comunicación oral y, no digamos, la sexual; a las gordas desbordantes de carne en todas y cada una de sus curvas con los enclenques que se perdían en ellas, engullidos por las dobleces de su cuerpo; y aquella que tenía delante era antónima de carácter y también de físico. A un tipo con esa catadura le pegaba salir con una stripper de voluminoso y duro pectoral.
—Debe de estar harto de ir de compras—le dije a Berta, solidarizándome con él a través de una estúpida broma machista que no le hizo ninguna gracia a mi esposa.
—Es más que eso. Temo que la vaya a pegar. Fíjate cómo grita y cierra los puños.
Estaba por dejar el asunto y concentrarme en el periódico, en su sección cultural que había abandonado al darme cuenta Berta del incidente, cuando vi que aquel sujeto se levantaba de la mesa, se acercaba a la muchacha y la golpeaba con el dedo rígido en el pecho. Su mano parecía una pistola y ese dedo, disparado, emergente de su puño, el cañón del arma. O un cuchillo. Más que el dolor hipotético que le podía haber producido, era la violencia de la actitud lo que impresionaba. Aquel tipo, no se sabía bien por qué razón, descargaba todo su exceso de testosterona en aquella muchacha indefensa que ni se atrevía a mirarle ni rechistaba, que permanecía todo el rato con la cabeza baja mientras él, cada vez más nervioso y dopado por sus descargas de adrenalina, daba vueltas a la mesa y, de cuando en cuando, se le acercaba para chillarle invectivas a la oreja. Por la forma cómo gritaba, por el volumen de su voz árida, tenía que estar reventándole los tímpanos a la pobre muchacha. Creí que se iba a tranquilizar con la llegada del camarero, que traía dos ensaladas y dos jarras de cerveza, pero no fue así. Se calmó mientras el empleado del bar estuvo disponiendo platos y jarras sobre la mesa, pero volvió a encenderse cuando se hubo dado la vuelta y comenzó a ingerir, morder más bien, la comida, las hojas de lechuga, el tomate al que previamente había rociado con un exceso de sal, y se ahogó luego con la cerveza.
—¿No deberíamos hacer algo?
—¿Qué? Ella parece masoquista. ¿Por qué lo aguanta? ¿Por qué no se larga? Si intervienes a lo mejor te dicen que no metas las narices en dónde no te importa.
La bronca seguía subiendo de tono. Ella ni comía, ni bebía, se mantenía a dos palmos de la mesa, guardando una distancia de seguridad para no ser alcanzada por los hipotéticos golpes de su marido o novio, y él, ante su sumisión y miedo, se crecía, chillaba cada vez más y la amenazaba con el tenedor y con el cuchillo. Había más gente a su lado, pero todos parecían sordos, o ciegos, o ambas cosas a la vez, dispuestos ni a oír ni a ver nada. Podría aquel sujeto indeseable y desagradable–tenía la piel rojiza de los anglosajones que pasan por el sol, se queman y nunca se ponen morenos, y una vena abultada se le marcaba en medio de la frente–asesinarla allí en medio sin que nadie moviera un dedo para evitarlo. Todos nos arrugamos cuando vemos ladrar a un perro violento, y eso era lo que era ese inglés camorrista y cobarde, un perro violento, una de esas razas de lucha obtenidas por cruces artificiales que habían dañado su cerebro.
Lamenté estar allí. Lamenté tener por testigo de mi cobardía a Berta. Nunca he sido muy valiente; nunca he peleado con nadie; ni en el colegio cuando los matones de la clase se metían conmigo por las gafas, me las arrancaban y las pisoteaban al tiempo que me gritaban chueta. Me decía, con una filosofía muy conformista, que mejor ver mal durante unas horas que cojear, sangrar por la nariz o quedarme sin oreja.
Así es que aguanté los gritos de aquel energúmeno como si me los estuviera soltando a mí, sentí sus escupitajos en mi cara a pesar de la distancia que mediaba entre nuestras mesas.
—Vámonos de aquí — me dijo Berta, nerviosa y asustada
— No puedo ver eso. No lo aguanto. Nadie hace nada. ¿Por qué no llaman a la policía?
—Sí, no es muy agradable—reconocí y levanté la mano, llamando la atención del camarero, para pedir la cuenta.
—¿No va a llamar a la policía antes de que la pegue? —le soltó Berta al empleado del Aloa.
El camarero hizo un gesto de indiferencia mientras me devolvía el cambio en la mano.
—No voy a ser yo el que me meta entre ellos. ¡Extranjeros!
No aguantan la bebida. Si por mí fuera los pondría a todos en la frontera. ¿Y esos son los que vienen a darnos clases a los de aquí? ¿De qué?
Pasamos, para alcanzar la avenida, muy cerca de la pareja que disputaba. Miré de reojo, un segundo. Ella era un cordero a punto de ser degollado, inmóvil, con la cabeza encogida, la boca cerrada y los dientes castañeando en la mandíbula.
Sudaba aterrorizada. Ríos de sudor. Él, con la piel encendida, con los labios temblorosos y la boca abierta, la atenazaba uno de sus brazos, la pellizcaba con saña, dejando la marca de sus dedos en su piel suave. ¿Qué le haría luego en la cama?
—¡Qué horror! Volvamos a casa—dijo Berta, en cuanto nos alejamos.
—¿No quieres pasear con el buen día que hace?
—Esos dos me han quitado, de golpe, las ganas de todo.
—Sí, realmente no ha sido una buena idea tomarse algo en esa terraza con ese vociferante energúmeno, pero te diré una cosa que te va a sorprender.
Se detuvo al borde del agua y se volvió.
—¿Qué?
—Ella se lo tiene bien merecido.
—¿Ella? ¿La víctima?— casi gritó Berta, con estupor.
—Sí, la víctima, pero porque quizá no sepa vivir sin ser víctima y es su modo de existir.
—No entiendo nada tu razonamiento.
—Muy simple. Yo no saldría con una sádica, con una masoquista, con una culturista. Si ella sale con él es porque pesa más lo que le gusta que lo que le disgusta, y porque lo que le disguste quizá, en el fondo, le gusta, porque si no se habría ido, o no hubiera entablado una relación con él.
—Se enamoraría y no sería, entonces, tan brutal.
—Sigue enamorada de él y quizá dejara de estarlo si bajara su dosis de brutalidad.
—¿Insinúas que a las mujeres nos gusta que nos maltraten?
—No, simplemente quiero decirte que el mundo de las emociones y de los sentimientos es tan enormemente complejo que no hay nadie que lo entienda ni existen normas precisas, que muchas veces resulta contradictorio, como en el caso de esa pareja, en la que ella es refinada, modosa, dulce, y él es exactamente lo contrario, con lo que mi pregunta, que queda sin respuesta, es ¿no estaría buscando quizá eso esa chica para compensar sus carencias?

José Luis Muñoz

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